Egocentrismo

26 jul

Mi padre mira la tele. Ve la fórmula  uno y hace comentarios que no le importan a nadie porque nadie en casa se ha interesado nunca por la fórmula uno. Pero todos asienten y fingen interés.

Nunca hace ningún comentario sobre mi hermano, sobre mi madre, sobre mí. Solo habla de cosas que no le importan a nadie y todos asienten y yo me muero por dentro.

Mi madre hace como que le interesa la fórmula uno pero se está durmiendo y contesta a los comentarios de mi padre con una sonrisa forzada y todo sigue según el guión.

Mi hermano los mira a ambos y no entiende nada y ve la fórmula uno.

Yo estoy aquí, escribiendo en mi teclado de teclas gastadas, contemplando este espectáculo patético mientras me muero por dentro y me pregunto si podré ayudarlos alguna vez, si podré sacarlos de este ciclo de vida en muerte. Y escucho la fórmula 1.

En realidad me pregunto si alguien podrá ayudarme alguna vez, si podrá sacarme alguien alguna vez de este ciclo de muerte en vida. Me pregunto si alguien alguna vez se dará cuenta de que me estoy muriendo, de que me estoy muriendo poco a poco, que la vida me está matando porque soy débil y estoy rota y mal hecha y no puedo soportar nada: no puedo soportar este peso, no puedo soportar vivir, no puedo soportar esta tristeza.

Me pregunto si alguien alguna vez se dará cuenta de lo triste que estoy y me tomará de la mano y me dirá que estoy hermosa; que estoy hermosamente triste. Me pregunto si las cosas volverán a tener sentido como una vez lo tuvieron y si todo acabará, de una manera u otra, pero acabar, no esta sucesión sinfín de acontecimientos sin sentido, no este fluir continuo de tristeza y de vida mal vivida.

Pero estoy aquí, sola.  Y sé que nunca nadie verá esta tristeza azul y verde y profunda e infinita y la contemplará y dirá que es hermosa. Porque estoy aquí sola y no puedo hacer nada. Pero estoy enferma y me alegro de estar triste porque significa que aún no me he muerto del todo, porque es mejor estar triste que no sentir en absoluto. Y me engaño y me digo que solo así, triste, puedo ver las cosas tal y como son, la vida tal y como es, me repito que nadie va a saber nunca lo hermosa que es esta tristeza que solo yo puedo ver. Cuando en realidad solo tengo un miedo atroz a morirme.

Y sigo escribiendo y todo sigue igual y ya no soy capaz de sentir nada.

La carta que debería haber escrito pero que no escribiré

26 jul

Hola:

Esta es la carta que debería haber escrito y que no escribiré. Esta es la carta en la que se dicen las cosas que deberían haber sido dichas pero que nunca diré. ¿Por qué no he de decirlas? Son las cosas que solo pueden ser escritas en cartas, solo pueden volcarse en el papel, directamente, desde el alma, sin pasar por un contexto, por un filtro, por un nada que las ensucien. Son las cosas que se enfrían en cuanto llegan a la boca, se deshacen antes de salir, antes de alcanzarse. Abro la boca y no exhalo más que un polvo rancio que no hace ningún ruido al salir y solo me queda el regusto amargo, el sabor de la derrota y  la frustración y de todas las demás cosas que no soy capaz de asumir.

Esas son las cosas que nunca diré.

Quizás en el fondo no tenga nada que decir.

Un árbol verde

7 mar

Abriste la puerta del conductor de aquel coche desvencijado, saliste apresuradamente y la cerraste con violencia. Cruzaste la calle desierta y te detuviste bajo el segundo árbol más cercano. Durante un minuto largo y seco observé el parabrisas sucio.

Estabas de espaldas a mí, pero no tuve ganas de llorar.

Salí del coche pausadamente y, al cruzar el paso de cebra, intente fingir la misma prisa que tú habías fingido. Teníamos prisa por llegar a casa, ponernos el pijama, dormir; al día siguiente tocaba madrugar. Las ojeras moradas bajo los ojos de ambos, el ánimo irritable, los ojos legañosos.

Y, sin embargo, los pasos lentos, las miradas largas, ninguno quería acelerar el tiempo. Pude ver el esqueje de tu sonrisa tierna y amable aún cuando estabas de espaldas.

Recorrí el tramo del camino que me separaba de ti corriendo sobre las puntas de mis pies, en un ballet desmañado. Los párpados me pesaban y cuando llegué al otro lado, sentí que atravesaba una bruma espesa e infinita, un manto irreal y difuso en cuyo interior estabas tú.

Me acerqué temblando a ti, como una niña humillada, aunque en realidad había algo de arrogancia aún en mi manera de andar. Y no tenía miedo ni ganas de llorar.

Tu gesto adusto y duro contenía la emoción bajo tus ojos, la exasperación, la tristeza que no se acababa, el amor. No hablabas y yo hablé y fui sincera, pero incluso mi absoluta sinceridad me parecía un embuste de aquella realidad, de aquel páramo yermo de emociones.

Y no tenía ganas de llorar.

Y entonces me tomaste en brazos. Y sentí el frío desolador de lo perdido que se olvida. Y entre tus brazos pude observar las ramas blancas de los árboles que nos rodeaban, cubiertas de brotes nuevos, de hojas verdes. Iluminadas por la luz fluorescente de una farola, las hojas brillaban de manera irreal, casi espectral, y parecían tan lejanas y tan vivas y tan verdes, tan reverdecidas en su nueva primera.

Y cada vez más borrosas.

Más borrosas.

Más borrosas.

Miré las hojas verdes cubiertas de luz mientras me abrazabas sin decir nada. Miré las hojas de luz hasta que se desvanecieron en un parpadeo; una lágrima.

Lloré un rato largo sin decir nada. Y mis lágrimas eran nuevas y verdes, como las hojas.

Aquella fue la tercera vez que me salvaste.

 

 

Click

7 jul

Hoy me he visto movida por la curiosidad morbosa de las redes sociales. A veces pienso que está sobreconección veinticuatro horas, este aislamiento conjunto al mismo tiempo, saca lo más obsesivo y oscuro de nosotros.

Aún no sé muy bien por qué estoy haciendo esto. Mi corazón late cada vez más deprisa mientras hago click sobre las flechas.

Click.Click.Click.

¿Por qué me siento tan culpable? Mi estómago se va haciendo más pequeño, como si estuviese cerrado al vacío.

“¿Por qué me siento tan culpable?” – La pregunta se repite en mi cabeza. Creo, más bien, que ha sido formulada solo una vez y rebota en las paredes internas de mi cráneo y crea un eco nítido y brumoso.

Y aún así, no me detengo. Continúo presionando el click izquierdo, cada vez más rápido, obstinadamente, como el acosador más pertinaz.

Entonces ocurre.

Vuelvo a hacer click y tu imagen llena mi monitor por completo.

Llena mi mente por completo.

Te miro mientras tu pelo cae de manera desordenada por tu cara, tus ojos grandes me miran y sonríes. Tu sonrisa limpia y sincera ocupa toda la foto. Sonríes, sonríes de verdad y me pregunto qué es lo que te hace sonreír así ¡Pareces tan feliz! ¡Tan feliz como nunca te he visto realmente!

De repente, sin ningún motivo y como cubo de agua helada, soy dolorosamente consciente de que no estoy viendo más que un conjunto de píxeles. De que nunca te he visto sonreír.

Me pregunto cuándo dejaste de hacerlo. Me pregunto si tú también has crecido y te encuentras perdida, como yo, o si solo pienso en esta posibilidad remota e imposible e un intento vano de estar más cerca de ti.

Y me doy cuenta de que quiero hacerte cosquillas en los pies, hacerte regalos en tu cumpleaños y en navidad. Quiero llevarte de viaje adonde nunca habías pensado ir, ver cómo te asustas con una mala película de miedo, abrazarte cuando llores, ir contigo a tomar un helado, enfadarnos hasta gritar, ir contigo en autobús.

Quiero que sonrías así para mí. Quiero hacerte feliz.

Lo cual es bastante estúpido, teniendo en cuenta todo lo demás.

 

 

 

¡La, la, lá!

21 mar

Ultimamente, el silencio es la única banda sonora aceptable para mi vida. (Creo que me sumo tanto en la melancolía absurda y la autocompasión absurda y el propio absurdo, absurdo en sí mismo; que la canción más triste es infinitesimalmente triste para mi infinitérrima tristeza).

Un secreto inconfesablemente extraño: Escribo y escucho música. No es exactamente escuchar música mientras escribo.

Las melodías se van recreando en mi circuitos neuronales y haciendo cosquillas a mí oído interno, como queriendo engañarlo, hacerle creer que el sonido es real -¿y acaso no lo es?-. ¡Perdón, perdón! Que no viene de este plano espacio-temporal exquisito en el que me ha sido vedado el paso; intento asir el pomo oxidado de su puerta en extremado desuso con mi mano abierta.

Rhapsody in Blue, cualquier canción de infancia, cualquier banda sonora.

A veces, puedo oír las notas reuniéndose, mézclandose en una melodía arcaica, nueva, extraña que no soy capaz de escuchar. Oigo sus grititos adorables, sus tonos deliciosos -a veces intento comérmelas-. Se arremolina en torno a mí  y noto como las palabras se deslizan por mis ojos, resbalan por mis mejillas y las recito en silencio -como una plegaria ciega- y empiezo a teclear casi sin querer -tac,tic,tac-. Y la emoción se extiende por doquier y el tiempo pasa.

Cierro los ojos y mis dedos rozan en un segundo eterno el pomo liso y frío.

Ahora solo escucho el tic-tac insoportable del reloj de la cocina que me recuerda que es tarde, que mañana tengo un examen, que no he cenado aún. Que ya estoy en la universidad y las cosas se han hecho grandes o yo he empequeñecido y antes era capaz de todo y ahora no soy capaz de nada-nada-nada.

Y lo afirmo o lo niego tres veces, según la perspectiva, quizás por no tener siquiera curiosidad por atreverme a creer en todo lo contrario.

Y la carga de la negación se me hace tan extremadamente pesada y amarga, con un carro de la compra lleno de agua estancada. ¡Jajajá! Se podría casi afirmar que sin esperanza no hay esperanza alguna [de vivir].

Ha-cam-bia-do-tan-to-to-do. ¡Y es tan innegable! Peor aún, ¡tan irreversible! ¡Y no dijeron nada de esto en los periódicos!

La música se evaporó en un día de otoño. Llevo días intentando tarerear una canción ¡La-la-lá! Y solo salen ruidos sordos y muertos.

Igual que yo.

Veo tanta gente viva, que viven, viven, viven; y que su vida es ensordecedora y dolorosa. Ríen, lloran, sueñan, ¡y viven!

Y es mi vida viviéndome, quizás por eso estoy tan muerta.

Sentada en el banco de un parque cualquiera le doy vueltas a mi bufanda porque tengo frío y pienso y me impreco como un demente. Y tantas, tantas veces me he hecho esa pregunta, quizás nunca me encontré. La música se ha ido y estoy muerta, ¡qué me lleven a mí!

¡Qué lleven mi alma a la morgue y dejen aquí tantas almas vivas! Allí solo romperá nuestra conversación perenne la precisión insoportable del minutero moviéndose; mi reloj.

Y desde un cubículo igual de infinitesimal que la mayor de las tristezas pensaré un tópico renacentista -es nauseabundo este esfuerzo vano por vivir, ¡que me abandone, exijo!-.

¿Dónde fue aquella chica viva, viva, viva que iba a recorrer el mundo, conquistarlo, corromperlo, salvaro, amarlo? El deseo, el amor perdido, los sueños, las metas imposibles, los sueños imposibles, los imposibles, los posibles, la cotidianidad perfecta, dónde fueron ¿Qué fue de mí, de mí, de mí? Repito en vano mi nombre, intentando no olvidarlo.

Parará el tic-tac de mis dedos golpeando las teclas. Y taparán mi cuerpo mudo y frágil; el reloj también mudo, el tiempo al fin se detuvo.

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