Un árbol verde

7 mar

Abriste la puerta del conductor de aquel coche desvencijado, saliste apresuradamente y la cerraste con violencia. Cruzaste la calle desierta y te detuviste bajo el segundo árbol más cercano. Durante un minuto largo y seco observé el parabrisas sucio.

Estabas de espaldas a mí, pero no tuve ganas de llorar.

Salí del coche pausadamente y, al cruzar el paso de cebra, intente fingir la misma prisa que tú habías fingido. Teníamos prisa por llegar a casa, ponernos el pijama, dormir; al día siguiente tocaba madrugar. Las ojeras moradas bajo los ojos de ambos, el ánimo irritable, los ojos legañosos.

Y, sin embargo, los pasos lentos, las miradas largas, ninguno quería acelerar el tiempo. Pude ver el esqueje de tu sonrisa tierna y amable aún cuando estabas de espaldas.

Recorrí el tramo del camino que me separaba de ti corriendo sobre las puntas de mis pies, en un ballet desmañado. Los párpados me pesaban y cuando llegué al otro lado, sentí que atravesaba una bruma espesa e infinita, un manto irreal y difuso en cuyo interior estabas tú.

Me acerqué temblando a ti, como una niña humillada, aunque en realidad había algo de arrogancia aún en mi manera de andar. Y no tenía miedo ni ganas de llorar.

Tu gesto adusto y duro contenía la emoción bajo tus ojos, la exasperación, la tristeza que no se acababa, el amor. No hablabas y yo hablé y fui sincera, pero incluso mi absoluta sinceridad me parecía un embuste de aquella realidad, de aquel páramo yermo de emociones.

Y no tenía ganas de llorar.

Y entonces me tomaste en brazos. Y sentí el frío desolador de lo perdido que se olvida. Y entre tus brazos pude observar las ramas blancas de los árboles que nos rodeaban, cubiertas de brotes nuevos, de hojas verdes. Iluminadas por la luz fluorescente de una farola, las hojas brillaban de manera irreal, casi espectral, y parecían tan lejanas y tan vivas y tan verdes, tan reverdecidas en su nueva primera.

Y cada vez más borrosas.

Más borrosas.

Más borrosas.

Miré las hojas verdes cubiertas de luz mientras me abrazabas sin decir nada. Miré las hojas de luz hasta que se desvanecieron en un parpadeo; una lágrima.

Lloré un rato largo sin decir nada. Y mis lágrimas eran nuevas y verdes, como las hojas.

Aquella fue la tercera vez que me salvaste.

 

 

Click

7 jul

Hoy me he visto movida por la curiosidad morbosa de las redes sociales. A veces pienso que está sobreconección veinticuatro horas, este aislamiento conjunto al mismo tiempo, saca lo más obsesivo y oscuro de nosotros.

Aún no sé muy bien por qué estoy haciendo esto. Mi corazón late cada vez más deprisa mientras hago click sobre las flechas.

Click.Click.Click.

¿Por qué me siento tan culpable? Mi estómago se va haciendo más pequeño, como si estuviese cerrado al vacío.

“¿Por qué me siento tan culpable?” – La pregunta se repite en mi cabeza. Creo, más bien, que ha sido formulada solo una vez y rebota en las paredes internas de mi cráneo y crea un eco nítido y brumoso.

Y aún así, no me detengo. Continúo presionando el click izquierdo, cada vez más rápido, obstinadamente, como el acosador más pertinaz.

Entonces ocurre.

Vuelvo a hacer click y tu imagen llena mi monitor por completo.

Llena mi mente por completo.

Te miro mientras tu pelo cae de manera desordenada por tu cara, tus ojos grandes me miran y sonríes. Tu sonrisa limpia y sincera ocupa toda la foto. Sonríes, sonríes de verdad y me pregunto qué es lo que te hace sonreír así ¡Pareces tan feliz! ¡Tan feliz como nunca te he visto realmente!

De repente, sin ningún motivo y como cubo de agua helada, soy dolorosamente consciente de que no estoy viendo más que un conjunto de píxeles. De que nunca te he visto sonreír.

Me pregunto cuándo dejaste de hacerlo. Me pregunto si tú también has crecido y te encuentras perdida, como yo, o si solo pienso en esta posibilidad remota e imposible e un intento vano de estar más cerca de ti.

Y me doy cuenta de que quiero hacerte cosquillas en los pies, hacerte regalos en tu cumpleaños y en navidad. Quiero llevarte de viaje adonde nunca habías pensado ir, ver cómo te asustas con una mala película de miedo, abrazarte cuando llores, ir contigo a tomar un helado, enfadarnos hasta gritar, ir contigo en autobús.

Quiero que sonrías así para mí. Quiero hacerte feliz.

Lo cual es bastante estúpido, teniendo en cuenta todo lo demás.

 

 

 

¡La, la, lá!

21 mar

Ultimamente, el silencio es la única banda sonora aceptable para mi vida. (Creo que me sumo tanto en la melancolía absurda y la autocompasión absurda y el propio absurdo, absurdo en sí mismo; que la canción más triste es infinitesimalmente triste para mi infinitérrima tristeza).

Un secreto inconfesablemente extraño: Escribo y escucho música. No es exactamente escuchar música mientras escribo.

Las melodías se van recreando en mi circuitos neuronales y haciendo cosquillas a mí oído interno, como queriendo engañarlo, hacerle creer que el sonido es real -¿y acaso no lo es?-. ¡Perdón, perdón! Que no viene de este plano espacio-temporal exquisito en el que me ha sido vedado el paso; intento asir el pomo oxidado de su puerta en extremado desuso con mi mano abierta.

Rhapsody in Blue, cualquier canción de infancia, cualquier banda sonora.

A veces, puedo oír las notas reuniéndose, mézclandose en una melodía arcaica, nueva, extraña que no soy capaz de escuchar. Oigo sus grititos adorables, sus tonos deliciosos -a veces intento comérmelas-. Se arremolina en torno a mí  y noto como las palabras se deslizan por mis ojos, resbalan por mis mejillas y las recito en silencio -como una plegaria ciega- y empiezo a teclear casi sin querer -tac,tic,tac-. Y la emoción se extiende por doquier y el tiempo pasa.

Cierro los ojos y mis dedos rozan en un segundo eterno el pomo liso y frío.

Ahora solo escucho el tic-tac insoportable del reloj de la cocina que me recuerda que es tarde, que mañana tengo un examen, que no he cenado aún. Que ya estoy en la universidad y las cosas se han hecho grandes o yo he empequeñecido y antes era capaz de todo y ahora no soy capaz de nada-nada-nada.

Y lo afirmo o lo niego tres veces, según la perspectiva, quizás por no tener siquiera curiosidad por atreverme a creer en todo lo contrario.

Y la carga de la negación se me hace tan extremadamente pesada y amarga, con un carro de la compra lleno de agua estancada. ¡Jajajá! Se podría casi afirmar que sin esperanza no hay esperanza alguna [de vivir].

Ha-cam-bia-do-tan-to-to-do. ¡Y es tan innegable! Peor aún, ¡tan irreversible! ¡Y no dijeron nada de esto en los periódicos!

La música se evaporó en un día de otoño. Llevo días intentando tarerear una canción ¡La-la-lá! Y solo salen ruidos sordos y muertos.

Igual que yo.

Veo tanta gente viva, que viven, viven, viven; y que su vida es ensordecedora y dolorosa. Ríen, lloran, sueñan, ¡y viven!

Y es mi vida viviéndome, quizás por eso estoy tan muerta.

Sentada en el banco de un parque cualquiera le doy vueltas a mi bufanda porque tengo frío y pienso y me impreco como un demente. Y tantas, tantas veces me he hecho esa pregunta, quizás nunca me encontré. La música se ha ido y estoy muerta, ¡qué me lleven a mí!

¡Qué lleven mi alma a la morgue y dejen aquí tantas almas vivas! Allí solo romperá nuestra conversación perenne la precisión insoportable del minutero moviéndose; mi reloj.

Y desde un cubículo igual de infinitesimal que la mayor de las tristezas pensaré un tópico renacentista -es nauseabundo este esfuerzo vano por vivir, ¡que me abandone, exijo!-.

¿Dónde fue aquella chica viva, viva, viva que iba a recorrer el mundo, conquistarlo, corromperlo, salvaro, amarlo? El deseo, el amor perdido, los sueños, las metas imposibles, los sueños imposibles, los imposibles, los posibles, la cotidianidad perfecta, dónde fueron ¿Qué fue de mí, de mí, de mí? Repito en vano mi nombre, intentando no olvidarlo.

Parará el tic-tac de mis dedos golpeando las teclas. Y taparán mi cuerpo mudo y frágil; el reloj también mudo, el tiempo al fin se detuvo.

¿Y bien?

29 may

Me dijeron que el último trimestre de segundo de bachiller era horrible. Agobiante. Asfixiante. Como un agujero negro que te comprimiese sobre ti mismo a la vez que absorbe sin ningún tipo de compasión.

Pues bueno. Ha llegado mayo, y con ello la graduación y el esperado fin de curso, sin que haya ocurrido nada realmente reseñable o destacable en mi, paradójicamente, ajetreada vida estudiantil.

Me he comprado una peluca azul, he descubierto a Buero Vallejo y a Valle-Inclán (qué paranomasia, ahora que me fijo). He cambiado de aires.

Ahora se respira mejor.

Y eso es todo. Seguí escribiendo Margarita en mis pocos ratos libres, aunque no atiné a subirlo. Mis disculpas, si es que alguno quedó esperando el desenlace. Aunque no veo por aquí las caras que solía.

Y eso es todo. Hola otra vez, ya casi es verano.

Margarita (XXIII)

23 abr

El cálido septiembre del 2008, la besó por primera vez.

Quedaron en encontrarse, como todas las tardes de aquel verano azul y limpio, que empezaba ya a ser un incipiente otoño, junto a la estatua del Gigante de Santo Domingo, que algunos llamaban el mongolo, especialmente la gente joven.

Cuando llegó, se entretuvo en alargar el momento del encuentro, el anhelado, ínfimo y eterno instante en el que ella se giraría (en cuanto apoyase el peso de su mano grande sobre su hombro delgado) y le enseñaría su cara de expresión compleja y de sonrisa inquieta, caprichosa; que se frunciría rápido en un cómico conato de reproche, en un mohín incierto -medio en serio medio en broma- de enfado por la tardanza (como si de verdad no se diese cuenta de que él la había visto disimular su sonrisa). Y después, la breve disculpa ritual, el amago de enojo, una puja por relativizar el tiempo.

Por eso  ralentizó sus pasos y se apoyó sobre el Gigante, que yacía sobre la acera de la céntrica plaza como en una playa de hormigón, y se situó justo detrás de ella.

El clima era fresco y amable. Margarita estaba ensimismada -en sí misma- contemplado la caótica y ordenada muestra de libros que se exhibían en el escaparate de la librería que estaba a pocos pasos de la estatua. 

La veía suspirar, probablemente exasperada por no encontrar algún título, quizás preocupada, ansiosa o molesta por su demora. Contempló su figura delgada recortada contra la luz de media tarde con cierta malicia. El delicioso recorrido que hacía la chaquetilla delgada que llevaba puesta sobre su cintura. Las sandalias que recorrían los dedos pálidos y de uñas pequeñas, una mano que se atrasaba con respecto al cuerpo y se elevaba a la altura de su cabeza y quitaba un mechón castaño y molesto de manera distraída.

Vio como giraba un poco su cabeza y entonces decidió  acercarse a ella, perpetrar el ritual mudamente acordado, sobre el mundo de las apreciaciones, los comentarios y las palabras que sólo ellos entendían. Un dedo frío en la nuca que la haría estremecerse en un escalofrío en el calor estival, la mano en el hombro, rozar la oreja casi por accidente con el dorso de la mano.

Y Margarita se giró y él se quedó esperando la sonrisa, el regaño, la mueca ensayada.

Y en lugar de eso, noto su barbilla en torno a su cuello y los brazos cortos rodeándolo. Y enterrar el rostro entre su pelo y sentir que el verano empezaba otra vez, oler a emoción en la certeza de empezar algo nuevo. Y a arcaísmo, a convencionalismo, a humo de pipa.

Y su respiración cálida y enternecida en el cuello. El ritmo acelerado de su corazón.

Y tan lleno de topicidades, de tipicidades, de historia vieja y tan como nunca, a la vez.

La eternidad se hizo instante. Se apartó de él y se reconpuso la ya compuesta camiseta de algodón, intentó estirarla hasta las rodillas sobre el pantalón blanco y saludo en un suspiro de volumen infinito:

-Hola.

Le revolvió el pelo con la mano, la hizo sonreir con algún comentario ingenioso. A ella, en cambio, le gustaba hacerle reir con anécdotas con comicidad de cine mudo.

En seguida se encontraron a sí mismos rodeando a plaza, recorriendo sus zonas peatonales hacia el Valenciano, en busca de un helado para calmar el bochorno durante un rato. Ella pidió una tarrina de limón, él, un barquillo de ron con pasas.

Salieron de la heladería y siguieron su camino por la plaza (torcer la segunda a la derecha, recordó). Surgieron los grandes temas, los universales e ineludibles temas en la relación intrepersonal, que a él y a Margarita le resultaban tan naturales.

Los estudios salieron a colación y ella, que estaba en el último año del bachillerato, extraía para él fragmentos de su día anterior o se quejaba de algún profesor que consideraba pretencioso.

Mientras la veía lamer de la cucharilla los postreros restos del helado cuyo límite tendía a cero, que se esforzaba por arañar del fondo del recipiente de cartón, pensó que era del tipo de persona que pedía helado de vainilla.

Y él, que se encontraba ya en el último año de la carrera, apenas decía nada sobre sí. La dejaba hablar y la escuchaba con atención. Sabía contestar a sus preguntas, intervenir en lo necesario. Pero rara vez contó algo de su vida, de sus cosas, de su vida ajena y suya que era como un paisaje de lluvia a través de la ventanilla de un tren.

Por eso se conformaba con contarle de ella, de sus cosas, del negativo fotográfico de su vida. Caminar por ciudad, charlar de generalidades y concretidades y apartar la menudo la mirada, tan poco propio, tan extraño el sentimiento.

Ella, por su parte, se preguntó si era buena idea pasarse por El Tortuga. Lo miró hacer cuenta del agonizante cucurucho y se dijo que mejor otro día. 

Siguieron por la segunda a la derecha desde El Valenciano, se detuvieron frente a la escultura de columnas retorcidas de detrás de Botines y las hicieron vibrar. Llegaron a la altura del parque de el Cid. Entraron.

Y Margarita corrió, sin prisa, corriendo por el mero placer de correr durante un período corto de tiempo, por sentir la emoción entre la rutina y la disciplina. Se detuvo frente al olivo del extremo del parque. Trepó con ruda torpeza, él temió que cayese casi de manera paternal, por el tronco nudoso y enredado del árbol y se encaramó a una de sus ramas. Una hilera de florecillas blancas se abrieron -¡en septiembre!, pensó- en torno a su baca. Esquimo o rapa, recordó, y pensó que el nombre no iba bien con ellas. Y la vio tan simple y tan por encima de todo.

-¡Sube!,¡sube!- lo animó.

Él negó con la cabeza, ella insistió. Volvió a negar; con las manos. Dijo que no por vez tercera y ella dijo:

-Por favor.

Como si fuese aquel un favor y se encontró más bien con una confabulación, una conspiración, una manipulación deliberada a manos de Margarita y él mismo. Y vio algo de mezquindad por un instante en su perpleja humanidad, por su humana maldad inocente.

Miró a su alrededor una última vez y, con algo de esfuerzo, subió una pierna y colocó un pie sobre una hendidura en la piel del olivo, el impulso de esa pierna ayudo a subir a la otra, apoyó el otro pie, enfundado en zapatos de cuera, en la encrucijada de ramas; los olivos no son muy altos. Y se encontró con ella.

Entonces observó a las personas que quedaron un nivel por debajo del suyo. Vio a un par de niñas señarlos y cuchichear en voz alta y se percató de alguna cara conocida que pareció reconocerlo. 

Pensó que aquello era absurdo. Iba más allá de la mera absurdez cognisciente, de la vergüenza, de la falta de motivos y razones.

La miró a los ojos para decirle eso mismo, que se bajaba, que ya se verían otro día. Qué hacía él saliendo a tomar café y a escalar árbolas con niñas de secundaria.

Observó sin detenerse su expresión satisfecha, su sonrisa resuelta, los ojos alegres. Las flores en el olivo.

Y bien, ¿qué más absurdo?,¿qué más teatro?

¿Y no sería aquello lo único no-absurdo, desabsurdo, inabsurdo?

Verdadero.

Continuaron hablando a un par de metros sobre el suelo del parque hasta que el crepúsculo sorprendió los árboles más cercanos a la puerta y el sol agonizante se arrastró sobre su cuerpo sobre las hojas verdes y las bañó de oro y de ambar. Y la luz dorada los envolvía.

Cuando oscureció, quedaron ocultos al resto de transeuntes y tuvieron que correr para que un guardia no cerrase el parque con ellos dentro.

Se sentaron en un banco ancho de piedra, frente al parque, y fueron testigos de la hora en la que los jóvenes sustituyen a las familias con hijos en las calles. Mientras los parques se vaciaban, los bares de tapan se llenaban con bulliciosas bandadas.

-Y bien, ¿qué carrera harás el año que viene?- le preguntó.

-Creo que aún no lo sé. Quizás viaje.

-¿Y tienes dinero?

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