El cálido septiembre del 2008, la besó por primera vez.
Quedaron en encontrarse, como todas las tardes de aquel verano azul y limpio, que empezaba ya a ser un incipiente otoño, junto a la estatua del Gigante de Santo Domingo, que algunos llamaban el mongolo, especialmente la gente joven.
Cuando llegó, se entretuvo en alargar el momento del encuentro, el anhelado, ínfimo y eterno instante en el que ella se giraría (en cuanto apoyase el peso de su mano grande sobre su hombro delgado) y le enseñaría su cara de expresión compleja y de sonrisa inquieta, caprichosa; que se frunciría rápido en un cómico conato de reproche, en un mohín incierto -medio en serio medio en broma- de enfado por la tardanza (como si de verdad no se diese cuenta de que él la había visto disimular su sonrisa). Y después, la breve disculpa ritual, el amago de enojo, una puja por relativizar el tiempo.
Por eso ralentizó sus pasos y se apoyó sobre el Gigante, que yacía sobre la acera de la céntrica plaza como en una playa de hormigón, y se situó justo detrás de ella.
El clima era fresco y amable. Margarita estaba ensimismada -en sí misma- contemplado la caótica y ordenada muestra de libros que se exhibían en el escaparate de la librería que estaba a pocos pasos de la estatua.
La veía suspirar, probablemente exasperada por no encontrar algún título, quizás preocupada, ansiosa o molesta por su demora. Contempló su figura delgada recortada contra la luz de media tarde con cierta malicia. El delicioso recorrido que hacía la chaquetilla delgada que llevaba puesta sobre su cintura. Las sandalias que recorrían los dedos pálidos y de uñas pequeñas, una mano que se atrasaba con respecto al cuerpo y se elevaba a la altura de su cabeza y quitaba un mechón castaño y molesto de manera distraída.
Vio como giraba un poco su cabeza y entonces decidió acercarse a ella, perpetrar el ritual mudamente acordado, sobre el mundo de las apreciaciones, los comentarios y las palabras que sólo ellos entendían. Un dedo frío en la nuca que la haría estremecerse en un escalofrío en el calor estival, la mano en el hombro, rozar la oreja casi por accidente con el dorso de la mano.
Y Margarita se giró y él se quedó esperando la sonrisa, el regaño, la mueca ensayada.
Y en lugar de eso, noto su barbilla en torno a su cuello y los brazos cortos rodeándolo. Y enterrar el rostro entre su pelo y sentir que el verano empezaba otra vez, oler a emoción en la certeza de empezar algo nuevo. Y a arcaísmo, a convencionalismo, a humo de pipa.
Y su respiración cálida y enternecida en el cuello. El ritmo acelerado de su corazón.
Y tan lleno de topicidades, de tipicidades, de historia vieja y tan como nunca, a la vez.
La eternidad se hizo instante. Se apartó de él y se reconpuso la ya compuesta camiseta de algodón, intentó estirarla hasta las rodillas sobre el pantalón blanco y saludo en un suspiro de volumen infinito:
-Hola.
Le revolvió el pelo con la mano, la hizo sonreir con algún comentario ingenioso. A ella, en cambio, le gustaba hacerle reir con anécdotas con comicidad de cine mudo.
En seguida se encontraron a sí mismos rodeando a plaza, recorriendo sus zonas peatonales hacia el Valenciano, en busca de un helado para calmar el bochorno durante un rato. Ella pidió una tarrina de limón, él, un barquillo de ron con pasas.
Salieron de la heladería y siguieron su camino por la plaza (torcer la segunda a la derecha, recordó). Surgieron los grandes temas, los universales e ineludibles temas en la relación intrepersonal, que a él y a Margarita le resultaban tan naturales.
Los estudios salieron a colación y ella, que estaba en el último año del bachillerato, extraía para él fragmentos de su día anterior o se quejaba de algún profesor que consideraba pretencioso.
Mientras la veía lamer de la cucharilla los postreros restos del helado cuyo límite tendía a cero, que se esforzaba por arañar del fondo del recipiente de cartón, pensó que era del tipo de persona que pedía helado de vainilla.
Y él, que se encontraba ya en el último año de la carrera, apenas decía nada sobre sí. La dejaba hablar y la escuchaba con atención. Sabía contestar a sus preguntas, intervenir en lo necesario. Pero rara vez contó algo de su vida, de sus cosas, de su vida ajena y suya que era como un paisaje de lluvia a través de la ventanilla de un tren.
Por eso se conformaba con contarle de ella, de sus cosas, del negativo fotográfico de su vida. Caminar por ciudad, charlar de generalidades y concretidades y apartar la menudo la mirada, tan poco propio, tan extraño el sentimiento.
Ella, por su parte, se preguntó si era buena idea pasarse por El Tortuga. Lo miró hacer cuenta del agonizante cucurucho y se dijo que mejor otro día.
Siguieron por la segunda a la derecha desde El Valenciano, se detuvieron frente a la escultura de columnas retorcidas de detrás de Botines y las hicieron vibrar. Llegaron a la altura del parque de el Cid. Entraron.
Y Margarita corrió, sin prisa, corriendo por el mero placer de correr durante un período corto de tiempo, por sentir la emoción entre la rutina y la disciplina. Se detuvo frente al olivo del extremo del parque. Trepó con ruda torpeza, él temió que cayese casi de manera paternal, por el tronco nudoso y enredado del árbol y se encaramó a una de sus ramas. Una hilera de florecillas blancas se abrieron -¡en septiembre!, pensó- en torno a su baca. Esquimo o rapa, recordó, y pensó que el nombre no iba bien con ellas. Y la vio tan simple y tan por encima de todo.
-¡Sube!,¡sube!- lo animó.
Él negó con la cabeza, ella insistió. Volvió a negar; con las manos. Dijo que no por vez tercera y ella dijo:
-Por favor.
Como si fuese aquel un favor y se encontró más bien con una confabulación, una conspiración, una manipulación deliberada a manos de Margarita y él mismo. Y vio algo de mezquindad por un instante en su perpleja humanidad, por su humana maldad inocente.
Miró a su alrededor una última vez y, con algo de esfuerzo, subió una pierna y colocó un pie sobre una hendidura en la piel del olivo, el impulso de esa pierna ayudo a subir a la otra, apoyó el otro pie, enfundado en zapatos de cuera, en la encrucijada de ramas; los olivos no son muy altos. Y se encontró con ella.
Entonces observó a las personas que quedaron un nivel por debajo del suyo. Vio a un par de niñas señarlos y cuchichear en voz alta y se percató de alguna cara conocida que pareció reconocerlo.
Pensó que aquello era absurdo. Iba más allá de la mera absurdez cognisciente, de la vergüenza, de la falta de motivos y razones.
La miró a los ojos para decirle eso mismo, que se bajaba, que ya se verían otro día. Qué hacía él saliendo a tomar café y a escalar árbolas con niñas de secundaria.
Observó sin detenerse su expresión satisfecha, su sonrisa resuelta, los ojos alegres. Las flores en el olivo.
Y bien, ¿qué más absurdo?,¿qué más teatro?
¿Y no sería aquello lo único no-absurdo, desabsurdo, inabsurdo?
Verdadero.
Continuaron hablando a un par de metros sobre el suelo del parque hasta que el crepúsculo sorprendió los árboles más cercanos a la puerta y el sol agonizante se arrastró sobre su cuerpo sobre las hojas verdes y las bañó de oro y de ambar. Y la luz dorada los envolvía.
Cuando oscureció, quedaron ocultos al resto de transeuntes y tuvieron que correr para que un guardia no cerrase el parque con ellos dentro.
Se sentaron en un banco ancho de piedra, frente al parque, y fueron testigos de la hora en la que los jóvenes sustituyen a las familias con hijos en las calles. Mientras los parques se vaciaban, los bares de tapan se llenaban con bulliciosas bandadas.
-Y bien, ¿qué carrera harás el año que viene?- le preguntó.
-Creo que aún no lo sé. Quizás viaje.
-¿Y tienes dinero?